Fiction

Erisictón de Tesalia

Escribo esto para ensayar más que nada. Es una rendición que cuento de memoria. Me inventé unos detalles. Pienso si no capté el significado igual o si lo destruí enteramente. ¿Lo suficiente fue comunicado? ¿Comunicar algo menos un detalle es comunicar lo mismo?

Erisictón era un rey de Tesalia, un polis griego, en los tiempos antiguos. Él celebraba el mundo de las cosas de vez en cuando con un especie de Bacchanalia o banquete anual. Con el paso de los años, Erisictón iba aumentando su celebración de las cosas hasta que era más veneración que celebración. Pedía más y más cosas para estas celebraciones, demandando más y más dominio de la naturaleza.

Pero celebrar solamente de vez en cuando no le complacía a Erisictón. Comenzó a añorar a diario las sensaciones de las varias cosas que normalmente sólo pedía traerse a las celebraciones. Pedía a sus sirvientes que le trajeran aquellas cosas desde cerca y lejos y que las laburaran para que él tuviera más tiempo a saberlas.

Para una de las grandes celebraciones, ya apenas se distinguía entre la actitud de Erisictón hacia las cosas que la del toro hacia la vaca. Con vigor, violencia y sin discriminación alcanzaba, consumía y tiraba al aire las cosas. Un día salió del castillo real. Había un bosque cerca; pidió a uno de sus sirvientes que se le concediera la disposición de una hacha. Erisictón se la tomó y fue dando hachazos a los árboles. ¿Para qué tumbar los árboles? Le preguntó un consejero. ¿Se van a consumir en la celebración? Erisictón no contestó.

Si ya no fuera suficiente eso para atraer la ira de los dioses—los dioses griegos apenas si necesitaban excusa para la venganza—lo que pasa con este bosque es que a cada árbol le venía atado de un abrazo un ninfa, cada uno con un espíritu especial y único. Igualmente les daba hachazos Erisictón. Se dieron cuenta todos los dioses.

Un día, Deméter, diosa de la fertilidad, se le apareció a Erisictón disfrazada de sacerdotisa y le advirtió que los dioses se habían enojado. Erisictón ya venía frustrado del apoyo débil de sus consejeros que, si bien no le retaban, sí que se acercaban cada vez más a la socavación. Entonces Erisictón le dio un manotazo a Deméter.

Tanto era ya la ira de los dioses que hasta Limos, diosa del hambre, hizo trueque con Deméter—siendo opuestos fertilidad y hambre, esto apenas jamás ocurriera. Hicieron un plan.

Un año, en la víspera de la celebración de las cosas, Limos se metió en el estómago de Erisictón. Toda la noche tenía hambre; se levantaba a tomar meriendas o aguita pero nada le sació. Dale, pensó, voy a desayunar grande para acabar con este hambre. Pidió que sus sirvientes le prepararan un banquete de desayauno, incluyendo todo la comida que era disponible en la propiedad real, que no se preocuparan de procurar más para la celebración esta noche. La gente podría disfrutar de las festividades bebiendo alcohol sin la necesidad de mucha comida.

Pero no importaba qué comiera, Erisictón no se saciaba. Se le agrandaba la panza y le dolía pero aún tenía hambre. Caminó por los corredores, entrando en cada uno de sus habitaciones, despertando huéspedes que alojaba para la fiesta, buscándose sus chucherías, curiosidades, libros y decoraciones para distraerse del hambre. Entró en la cámara del médico, que le recetó de drogas y medicamentos. Llegó a sus concubinas. Nada funcionó.

Venida la celebración, Erisictón estuvo débil y sin paciencia. Había resuelto acabar con el hambre de una vez para siempre. A mediados de las festividades, subió a un balcón que las enfrentaba. Proclamó el destino de su única hija: “…y la regalo a Limos, biendichos sean los dioses.” La multitud aplaudió.

Con los años, Erisictón disminuyó la frecuencia e impacto de las festividades. Dejó de consumir tanto. Rezó a los dioses visitando estatuas que les había hecho en lugares apartados y sagrados. A veces caminaba por el bosque cuyos árboles eran jóvenes y chicos. Pisaba hojas y palitos que a veces crujían. Escalaba montañas y veía el paisaje hacia el horizonte. Miró al ocaso y exhaló. Le extrañó su hija, abrazarla y pensar en cómo pudiera ser de adulta, si fuera ya compuesta y tuviera templanza. Pensó si jamás se saciara su hambre, si la había conquistado, o si meramente dejó de permitirlo guiarle. El cielo estaba rosado con nubes lisas. El sol brillaba rojo, anaranjado y amarillo. No se mudó.